sábado, 23 de junio de 2012

Procedo del cielo. 


Mi aspecto ahora es diferente, pero tu corazón puede verme porque nos hemos amado en los desiertos de Egipto, iluminados por la luna y en las antiguas llanuras de Mongolia.

Conmigo has cabalgado en remotos ejércitos de guerreros y convivido en las cuevas cubiertas de arena de la Antigüedad. Estas unida a mi por los vínculos de la eternidad y por eso nunca te abandonare. Es posible que tu mente diga: “Yo no te conozco”. Pero tu corazón sí me conoce. Te tomo de la mano por primera vez y el recuerdo de ese contacto trasciende el tiempo y sacude cada uno de los átomos de tu ser. Te miro a los ojos y ves a tu alma gemela a través de los siglos. El corazón da un vuelco y se te pone la piel de gallina.

Y es en ese momento, cuando todo lo demás pierde importancia.

Aunque puede suceder que no me reconozcas. Tu no me veras porque tus temores, intelecto y problemas forman un velo que cubre los ojos de tu corazón y seguirás sufriendo, creyéndote sola sin darte cuenta que estoy hoy justo...enfrente de ti. 

Tal es la fragilidad del destino. 

Lo maravilloso es cuando surge el reconocimiento mutuo porque eso supera la intensidad de cualquier erupción volcánica, liberando una tremenda energía. Tu me reconocerás de inmediato y a mi me invadirá un sentimiento de familiaridad; Tu sentirás que ya me conoces a un nivel que rebasa los límites de la conciencia, con una profundidad que normalmente está reservada para los miembros más íntimos de tu familia e incluso más profundamente. Yo de una forma intuitiva sabré qué decirte y cuál será tu reacción. Tu sentirás seguridad y una confianza enormes, que no se adquieren en días, semanas o meses.


Cuando mis manos te rocen o mis labios te besen...tu alma recobrará vida súbitamente y brillará, porque yo soy quien a través de los siglos llega, te abraza y besa para recordarte...que siempre estaré contigo, hasta la eternidad.

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